Rafa Márquez y yo

Yo dudé de Rafael Márquez. Y no me arrepiento. Hace algunos meses escribí que Rafa todavía no era un Seleccionador Nacional. Era lo que pensaba.

Yo dudé de Rafael Márquez. Y no me arrepiento.

Hace algunos meses escribí que Rafa todavía no era un Seleccionador Nacional. Era lo que pensaba.

Había sido un futbolista extraordinario. Capitán. Mundialista. Barcelona. Europa. Jerarquía. Personalidad. Todo eso estaba fuera de discusión.

Pero una cosa es haber jugado al futbol desde la inteligencia y otra muy distinta dirigir una Selección Nacional.

Rafa venía del Barça B.

Su carrera como entrenador apenas comenzaba cuando Javier Aguirre lo incorporó a su cuerpo técnico para acompañarlo durante el proceso mundialista y, eventualmente, sucederlo.

Yo tenía dudas. Muchas.

Lo curioso, amigo lector, es que mientras Rafael Márquez se preparaba para convertirse en Seleccionador, sin saberlo yo también comenzaba otro aprendizaje:

aprender a juzgar a uno.

Y quizá ésta sea tanto su historia como la mía.

Porque durante el Mundial ocurrió algo que modificó profundamente mi manera de observar este oficio. Comencé analizando a Javier Aguirre.

Después a los demás. Partido por partido. Decisión por decisión.

Y terminé entendiendo algo que durante muchos años había tenido enfrente sin distinguirlo con suficiente claridad.

Un entrenador y un Seleccionador no son exactamente lo mismo. El entrenador trabaja todos los días con su equipo.

El Seleccionador recibe futbolistas educados por otros, procedentes de sistemas diferentes y en distintos momentos físicos, futbolísticos y emocionales.

Tiene poco tiempo. Debe elegir.

Descartar. Convencer. Ordenar.

Corregir.

Y después ocurre lo más cruel de su profesión:

otros ejecutan sus decisiones.

De ahí nació una idea que terminó acompañándome durante todo el Mundial:

Los resultados califican a los equipos. Las decisiones califican a los Seleccionadores.

Y cuando entendí eso tuve que volver a mirar a Rafael Márquez. Pero también tuve que volver a mirarme a mí.

Porque quizá cuando escribí que Rafa todavía no era un Seleccionador Nacional, yo tampoco había terminado de comprender completamente qué significaba serlo.

No retiro aquella frase. La contextualizo.

El nombramiento le concedió el cargo.

Ahora sus decisiones tendrán que construir el oficio. Como futbolista, Rafael Márquez podía decidir y ejecutar. Podía anticipar.

Conducir. Romper una línea. Cambiar de juego. Corregir.

Incluso podía equivocarse y correr detrás de su propio error. Hoy ya no.

Ahora sus decisiones corren en las piernas de otros. Y eso cambia todo.

• • •

Rafa lleva apenas tres partidos. Dos empates.

Una derrota.

Ninguna victoria.

Si solamente observáramos el marcador, podríamos terminar aquí. Pero entonces no habríamos aprendido nada.

Contra Colombia comenzó. Contra Perú experimentó.

Contra Estados Unidos sufrió por primera vez una adversidad verdadera. Tres partidos diferentes que dejaron tres clases distintas de información.

Ante Colombia supo dónde podía estar el peligro y, sin embargo, México terminó padeciéndolo. Primera enseñanza:

diagnosticar correctamente un problema no significa haberlo resuelto.

Contra Perú cambió a los once. Quería conocer futbolistas.

Perfecto.

Pero ahí apareció otra pregunta.

¿Cómo saber cuánto vale individualmente un futbolista dentro del equipo de Rafael Márquez si lo observamos dentro de un equipo que jamás había jugado junto?

Porque un Seleccionador no solamente decide a quién prueba. También decide cómo lo prueba.

Y eso también es seleccionar. Después llegó Estados Unidos. 0-3.

El marcador más contundente y, paradójicamente, quizá el partido que más información dejó. México tuvo momentos.

Después cometió errores.

Estados Unidos los provocó, los aprovechó y castigó. Rafa movió.

Pero mover no necesariamente significa corregir.

CAMBIO ≠ CORRECCIÓN.

Y quedó una señal que tendremos que seguir observando.

México pasó de 14 disparos ante Colombia a siete contra Perú y cinco frente a Estados Unidos. De seis remates a portería, a tres y después uno.

La muestra todavía es pequeña. Pero la pregunta ya existe:

¿México está construyendo una manera de jugar o solamente una manera de tener la pelota?

No lo sé todavía.

Y ésa es precisamente la diferencia.

Antes quizá habría buscado una respuesta. Hoy prefiero seguir buscando evidencia.

• • •

Mire usted.

Rafael Márquez ha tenido un privilegio enorme. Y quizá también un problema.

Ha aprendido de demasiada gente extraordinaria. Ricardo La Volpe conoció al joven Rafa.

Lo formó.

Le enseñó a interpretar sistemas, espacios y funciones.

Y La Volpe nos dejó una reflexión que me parece fundamental. Rafa ha dicho:

“Yo me adapto a lo que tengo”. Sí.

Pero existe una diferencia enorme entre dirigir un club y dirigir una Selección. Al entrenador muchas veces le entregan lo que tiene.

El Seleccionador, en buena medida, elige lo que tiene. Convoca.

Descarta. Selecciona.

Por eso el sistema debe ayudar al futbolista y no convertirse en una prisión para él. Después llegó Barcelona.

Hay equipos en los que uno juega.

Y hay equipos que terminan jugando dentro de uno.

Me parece que el Barça vive todavía dentro de Rafael Márquez. Posesión.

Posición. Salida limpia. Superioridades.

Pelota con intención. Pero Rafa sabe algo.

México no tiene la materia prima de aquel Barcelona. Y pretender fotocopiarlo sería absurdo.

La enseñanza verdadera no consiste en copiar. Consiste en comprender.

Principios, no fotocopias.

Después apareció Javier Aguirre.

La Volpe le enseñó a comprender sistemas. Barcelona le permitió vivir dentro de una filosofía.

Aguirre le enseñó desde adentro algo completamente diferente:

cómo se administra una Selección Nacional.

Y ahora llegó el momento más complicado.

Rafael Márquez tendrá que decidir qué parte de La Volpe, qué parte de Barcelona, qué parte de Aguirre y, sobre todo, qué parte de sí mismo terminará convirtiéndose en el futbol de Rafael Márquez.

Porque algún día tendremos que dejar de explicar a Rafa mediante sus maestros. Y empezar a explicar su futbol a través de él.

• • •

En este punto regreso inevitablemente a César Luis Menotti.

Para mí, uno de los hombres que mejor entendió al futbolista, al entrenador y al juego. Menotti podía reducir el futbol a cuatro acciones:

defender, recuperar, gestar y definir.

Y explicarlo mediante tres razones:

espacio, tiempo y engaño.

Orden y aventura.

Pero había algo todavía más importante. Menotti quería futbolistas que pensaran.

Porque llega un momento en cualquier partido en que el entrenador ya no puede resolver nada. Puede gritar.

Mover los brazos. Mandar instrucciones. Pero la pelota está allá.

Y quienes tienen que decidir son ellos. Los futbolistas.

Por eso una gran Selección necesita inteligencia distribuida. Y entonces miro nuevamente a Rafael Márquez.

¿Quiénes son sus diferentes?

¿Quiénes pueden pensar cuando él ya no puede pensar por ellos? Uno comienza a aparecer con enorme claridad.

Gilberto Mora. Tiene imaginación. Atrevimiento.

Lectura.

Encuentra lugares donde otros solamente encuentran futbolistas. Pero un diferente aislado también puede ser neutralizado.

Entonces aparece Hirving Lozano. Mora piensa.

Lozano rompe. Uno puede atraer. El otro estirar.

Uno puede recibir entre líneas. El otro atacar la espalda.

Y quizá cometemos un error si decimos que Lozano debe respaldar a Mora. No.

Lozano tiene que convertirse en la amenaza que permita a Mora ser Mora. Pero todavía falta alguien.

Porque alguien tiene que terminar aquello que los otros dos producen. Armando González.

La Hormiga. Movimiento. Olfato.

Área. Gol.

Y de pronto la pareja puede convertirse en tridente.

Mora piensa.

Lozano rompe.

La Hormiga termina.

No nos confundamos.

No estoy comparando a estos muchachos con Maradona o Messi. Sería absurdo.

Estoy diciendo exactamente lo contrario.

México quizá no pueda esperar que aparezca un futbolista capaz de concentrar por sí solo lo extraordinario.

Tal vez tenga que construirlo colectivamente.

Pensamiento. Velocidad. Gol.

La piedra angular quizá no tenga que ser un hombre. Puede ser una sociedad.

Y ahí comienza verdaderamente el trabajo de Rafael Márquez. Porque el Seleccionador no inventa al diferente.

Lo reconoce. Lo selecciona. Lo rodea.

Y construye un sistema que lo ayude.

• • •

Pero Rafa tampoco puede hacer eso solo. Éste es otro de los aprendizajes.

Nos gusta imaginar al entrenador parado frente al campo como el gran cerebro de todo. Ya no funciona así.

Un Seleccionador necesita ojos. Oídos.

Brazos.

Y algunas veces necesita algo todavía más importante:

alguien capaz de decirle que está equivocado.

Por eso Juan Manuel Lillo puede ser una de las piezas más importantes de este proceso. Rafa mismo reconoció que Lillo posee quizá la experiencia que a él todavía le falta.

Eso no lo disminuye. Al contrario.

Saber aquello que uno todavía no sabe también es una forma de inteligencia. Lillo puede observar.

Interpretar. Discutir.

Contradecir.

Andrés Guardado puede convertirse en puente con el vestidor.

Otros tendrán que observar porteros, cargas, metodología, rendimiento, video, datos y estados emocionales.

Porque ningún hombre puede verlo todo. Y aquí aparece la salida de Pol Llorente.

Para mí, el problema no es que Pol se haya ido.

El problema sería que Rafael Márquez no comprendiera exactamente qué perdió cuando Pol se fue. Porque no se sustituyen nombres.

Se sustituyen capacidades.

Y elegir a quien ocupe esa vacante también será una decisión de Rafael Márquez. Quizá una mucho más importante que realizar un cambio al minuto 70.

Un Seleccionador será tan eficiente como sea capaz su cuerpo técnico de reducirle sus puntos ciegos. El CEO no necesita saber más que cada especialista.

Necesita saber qué necesita. Quién puede proporcionárselo. A quién escuchar.

Cuándo dudar. Y finalmente... decidir.

Rafael Márquez no solamente necesita construir un equipo. Necesita construir el equipo que construirá a su equipo.

• • •

Permítame entonces regresar al principio. Yo dudé de Rafael Márquez.

Y sigo sin saber hasta dónde llegará. Han pasado apenas tres partidos.

Dos empates.

Una derrota. Ninguna victoria.

Pero hoy sé mucho más de él que hace tres partidos. No porque haya ganado.

No porque haya perdido.

Sino porque ya comenzó a decidir. Y también sé algo más sobre mí.

Durante aquel Mundial, mientras Rafael Márquez aprendía junto a Javier Aguirre, yo estaba aprendiendo observando a Javier Aguirre.

Él se preparaba para ocupar esa banca.

Yo aprendía a mirar al hombre que algún día se sentaría en ella. Tal vez por eso este proceso me interesa tanto.

Rafael Márquez está aprendiendo a ser Seleccionador. Y yo estoy aprendiendo a juzgarlo.

Los dos llegamos aquí después del mismo Mundial. Por caminos distintos.

Y quizá los dos tendremos que aprender durante los próximos cuatro años. Él, tomando decisiones.

Yo, procurando no confundirlas con sus resultados. Pero mientras nosotros miramos a Rafael Márquez... hay otro hombre trazando su camino.

Antonio Mohamed. El Turco.

Antes del Mundial su nombre estuvo sobre la mesa de algunos propietarios mexicanos como alternativa para dirigir a la Selección.

No ocurrió.

Rafa tomó el camino. Mohamed siguió trabajando.

Pero aquella posibilidad quizá dejó sembrada una idea.

Hoy el Turco se considera preparado para dirigir una Selección.

Y cuando habla de Argentina no esconde lo que representa para él: lo máximo.

Entonces permítame dejarle algunas preguntas.

Faltan cuatro años.

¿Llegará Rafael Márquez al Mundial de 2030?

¿Llegará Antonio Mohamed?

¿Llegarán los dos?

¿Llegará solamente uno?

Y si algún día vemos al Turco entrando a un estadio mundialista convertido en Seleccionador, todavía tendremos que resolver una última incógnita.

¿De qué color estará vestido?

Porque Rafael Márquez solamente tiene un traje.

Verde.

Antonio Mohamed, en cambio, contempla dos tonalidades.

Verde.

O...

albiceleste.

Amigo lector:

para entonces Rafael Márquez habrá terminado de explicarnos qué clase de Seleccionador decidió ser. Y quizá yo también habré terminado de aprender cómo debía juzgarlo.

Porque después de todo este camino ya no estoy tan seguro de quién ha sido el maestro y quién el alumno.

Quizá ésa sea otra de las maravillas del futbol.

Uno nunca termina de aprender.

Mientras tanto...

nosotros veremos y diremos.

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