No se hagan bolas
En Tlaxcala, quien va en caballo de hacienda rumbo a la gubernatura es nada más y nada menos que Alfonso Sánchez García.
En Tlaxcala, quien va en caballo de hacienda rumbo a la gubernatura es nada más y nada menos que Alfonso Sánchez García. No porque todas las encuestas coincidan —ni de chiste—, sino por dos razones: hay mediciones que ya lo colocan arriba y, la más importante, goza del cariño de la gobernadora Lorena Cuéllar.
La senadora Ana Lilia Rivera puede presumir otras encuestas y seguir deshojando la margarita. El problema es que la medición decisiva no se levanta por teléfono ni casa por casa: se toma en Palacio de Gobierno.
Si las señales no cambian, terminará como Juan Gabriel detrás de la palmera, mirando cómo los otros están en la fiesta.
Así que, si piensa ir por su pulque a Apizaco, Zacatelco y anexas, échese un brindis a favor del alcalde con licencia de la capital de la Cuna de la Nación.
Feliz, feliz, feliz
Otra vez: no se hagan bolas. Quien anda no solo contento, sino lo que le sigue, es el gobernador Alejandro Armenta Mier por la visita de dos días de la presidenta Claudia Sheinbaum a Puebla.
Armenta es uno de los mandatarios estatales que más veces la ha recibido. Nada más 15 visitas oficiales durante su gobierno. Además, Sheinbaum lo ha mencionado varias veces en su conferencia mañanera.
Son señales que importan y una cosa es clarísima: Puebla es estratégica rumbo a 2027. Porque no hay que olvidar ese clásico convertido ya en lugar común: en política no hay coincidencias, sino causalidades.
Hay cariño desde Palacio Nacional. Si no, ¿por qué escoger Puebla para poner en marcha la Jornada Nacional de Reforestación?
No se hagan bolas: vean los hechos. Más claro, ni el agua. El gobernador poblano está feliz, feliz, feliz.
Pasantes de diputados
Quienes ya sacaron el cobre son los promotores de la mal llamada “Ley Salvatori”, porque a leguas se nota que no buscan mejorar el Congreso: quieren hueso.
Eso de que solo los abogados puedan ser candidatos a diputados suena a una mala broma.
Imagínense un Congreso habitado exclusivamente por abogados: cobrarían hasta por las copias cada vez que entraran al pleno, pedirían su 33 por ciento por cada iniciativa aprobada, nunca resolverían nada y se irían de vacaciones porque el secretario de Acuerdos se enfermó.
Aunque, pensándolo bien, eso ya ocurre sin que todos sean abogados… ejem, ejem. Pero ese no es el punto.
La cosa es que quienes deben cambiar los filtros son los propios partidos. No hace falta reservar el Congreso para los abogados; basta con evitar que lleguen diputadas, diputados y diputades que desprecien el dulce olor a baúl y, peor todavía, lo digan en público.
