El enemigo público número uno del fútbol
La versión de que Infantino habría ofrecido a Marruecos la final del Mundial de 2030 por encima de España y del majestuoso Santiago Bernabéu.
Amigo lector:
Tres historias.
Tres filtraciones.
Tres supuestas ocurrencias.
O tres locuras.
Llámelas usted como quiera.
Pero todas tienen algo en común.
Gianni Infantino.
Primero apareció la información sobre FIFA
Forward Enterprise y la intención de incorporar capital privado a una nueva
estructura comercial alrededor de los activos de FIFA.
Wall Street.
Fondos de inversión.
Miles de millones de dólares.
Primera bomba.
Después llegó la segunda.
La versión de que Infantino habría ofrecido a
Marruecos la final del Mundial de 2030 por encima de España y del majestuoso
Santiago Bernabéu.
La FIFA lo negó.
Pero la bomba ya había explotado.
Y ahora apareció la tercera.
La información de Martín del Palacio, según la
cual Infantino habría ofrecido ayudar a México ante una eventual salida de
Concacaf para acercarse a CONMEBOL.
Otra vez...
Infantino.
Capital privado.
Marruecos.
México.
Tres historias completamente diferentes.
Un solo protagonista.
Y una misma idea comienza a instalarse
alrededor del fútbol mundial:
Gianni Infantino se volvió peligroso para el
fútbol.
Permítame hacer algo que en estos momentos
resulta bastante complicado.
Alejarnos del ruido.
Porque quizá estamos cometiendo un error al
mirar las tres filtraciones por separado.
Mire usted lo que sucede cuando las colocamos
juntas.
TRES LOCURAS
Primera.
Infantino estaría dispuesto a abrir una parte
del enorme negocio de FIFA al capital privado.
¿Qué amenaza?
El patrimonio económico del fútbol.
Segunda.
Infantino habría utilizado la final del
Mundial de 2030 como instrumento político para conservar el respaldo africano.
¿Qué amenaza?
La historia y los símbolos del fútbol.
Tercera.
Infantino estaría dispuesto a intervenir en un
eventual movimiento de México desde Concacaf hacia CONMEBOL.
¿Qué amenaza?
La geopolítica del fútbol.
Dinero.
Historia.
Geografía.
Tres territorios completamente diferentes.
Pero el mismo responsable.
Y entonces el mensaje prácticamente se
construye solo:
Hay que detener a Infantino antes de que haga
algo todavía peor.
Cuidado.
No estoy afirmando que las tres historias sean
falsas.
Tampoco que sean verdaderas.
Una parte de hechos públicamente conocidos
alrededor del proyecto comercial de FIFA.
Otra fue expresamente negada.
Y la tercera nace de una información
periodística que deberá seguir confirmándose.
No nos confundamos.
Una cosa es investigar los hechos.
Y otra analizar la narrativa que esos hechos
—ciertos, falsos o parcialmente ciertos— están construyendo.
Y esa narrativa resulta extraordinariamente
poderosa.
HAY QUE SALVAR AL FÚTBOL... DE INFANTINO
Observe al personaje que comienza a dibujarse.
Un hombre que perdió los límites.
Que cree que puede hacer prácticamente
cualquier cosa.
Vender.
Prometer.
Negociar.
Modificar.
Mover federaciones.
Entregar finales.
Incorporar fondos.
Todo para conservar el poder.
Ya no estamos discutiendo simplemente si
Infantino tomó una buena o una mala decisión.
La narrativa va muchísimo más lejos:
Infantino está exterminando al fútbol que
conocimos.
Por lo tanto...
hay que salvar al fútbol.
De Infantino.
Magnífico argumento político.
Porque una decisión equivocada puede
corregirse.
Un peligro debe eliminarse.
Y cuando usted consigue transformar a un
adversario político en una amenaza, la discusión cambia completamente.
Pero aquí aparece algo que no termina de
cuadrarme.
¿FRACASÓ O TUVO DEMASIADO ÉXITO?
Hace apenas unas semanas terminó el Mundial de
2026.
El más grande de la historia.
48 selecciones.
104 partidos.
Nuevos países.
Nuevos mercados.
Audiencias extraordinarias.
Y un gigantesco éxito económico para FIFA.
Gianni Infantino debería estar viviendo uno de
los momentos políticamente más cómodos de su presidencia.
Pero ocurrió exactamente lo contrario.
Terminó el Mundial… y comenzó la cacería.
En cuestión de semanas pasamos del presidente
que encabezó el Mundial más grande de la historia...
al hombre del que aparentemente hay que salvar
al fútbol.
Extraordinario.
Entonces permítame poner sobre la mesa una
pregunta incómoda.
¿El problema de Infantino fue fracasar?
¿O demostrar hasta dónde podía crecer FIFA?
Porque una FIFA con mayor capacidad para
generar dinero también tiene mayor capacidad para distribuirlo.
Para crear competiciones.
Abrir mercados.
Llegar a nuevas federaciones.
Y, naturalmente...
acumular poder.
Quizá por ahí debemos comenzar a mirar esta
guerra.
INFANTINO NO ES FIFA
Aquí conviene detenernos.
Porque en medio de semejante vendaval podemos
cometer un error fundamental.
Gianni Infantino no es FIFA.
FIFA es muchísimo más grande que su
presidente.
Son 211 asociaciones.
Un Congreso.
Un Consejo.
Comisiones.
Administración.
Programas de desarrollo.
Competiciones.
Contratos.
Empleados.
Y una enorme estructura económica y política
construida durante décadas.
Infantino es su presidente.
Su cabeza visible.
El hombre más poderoso dentro de ella.
Pero no es FIFA.
Tampoco estamos hablando, jurídicamente, de
una organización donde no existan órganos institucionales y mecanismos
estatutarios.
Podemos discutir la concentración de poder.
Su estilo de gobernar.
Sus decisiones.
La transparencia.
Los procedimientos.
Todo.
Pero reducir FIFA a la voluntad de un solo
hombre sería demasiado sencillo.
Y entonces surge una pregunta todavía más
interesante:
¿por qué toda la crisis está terminando
personalizada alrededor de él?
PARA DERROTAR UNA ESTRUCTURA
Quizá porque una estructura es difícil de
odiar.
Un organigrama no produce emociones.
Un sistema de distribución de recursos
tampoco.
211 federaciones resultan demasiado
abstractas.
Pero un hombre...
Un hombre sí.
Tiene rostro.
Tiene nombre.
Tiene errores.
Tiene adversarios.
Y eventualmente...
puede ser derrotado.
Por eso el enemigo público número uno del
fútbol hoy tiene nombre y apellido:
Gianni Infantino.
Y aquí puede estar la clave.
Para cambiar un sistema primero puede resultar
necesario derrotar al hombre que lo representa.
Porque imagine usted que mañana Infantino
renuncia.
¿Desaparece el Mundial de 48?
No.
¿Desaparecen los programas de desarrollo?
No.
¿Desaparecen los recursos destinados a las
federaciones?
Tampoco.
¿Desaparecen los intereses de África y Asia?
Mucho menos.
¿Desaparecen los 211 votos?
Por supuesto que no.
¿Y desaparece la intención de FIFA de
incrementar sus ingresos?
Difícilmente.
Entonces...
derrotar a Infantino no necesariamente
significa derrotar al modelo que representa.
Y quizá ésta sea una guerra en dos tiempos.
Primero:
convertir al hombre en el problema.
Después:
cambiar la estructura que queda detrás del
hombre.
Ahí, amigo lector, comienza otra historia.
ESTO YA NO ES PANTALÓN LARGO
Durante décadas hablamos de las guerras del
famoso pantalón largo.
Presidentes.
Federaciones.
Confederaciones.
Grillas.
Favores.
Votos.
Pero quizá aquello ya quedó pequeño.
El fútbol mueve demasiado dinero para pensar
que esta batalla pertenece exclusivamente a sus dirigentes.
Aquí aparecen bancos.
Fondos de inversión.
Capital privado.
Propietarios multimillonarios.
Derechos audiovisuales.
Clubes convertidos en activos financieros.
Patrocinadores globales.
Mercados.
Wall Street.
No estoy afirmando que exista un grupo de
fondos coordinando una conspiración para derrocar a Infantino.
No tenemos elementos para sostenerlo.
Y sería irresponsable hacerlo.
Pero también sería bastante ingenuo observar
una guerra por una industria de miles de millones de dólares sin preguntarnos
qué intereses económicos están sentados alrededor de la mesa.
Porque quizá ésta no sea una batalla entre
quienes aman al fútbol y quienes aman al dinero.
Eso sería demasiado romántico.
El capital privado llegó al fútbol hace
muchísimo tiempo.
Está dentro.
En clubes.
En ligas.
En derechos.
En televisión.
En financiamiento.
En prácticamente todos lados.
Entonces la pregunta verdadera no es si el
capital privado entrará al fútbol.
Ya entró.
La pregunta es otra:
¿Qué capital controlará el fútbol?
Y todavía más importante...
¿desde dónde?
LA LUCHA HEGEMÓNICA
Quizá estamos utilizando palabras demasiado
pequeñas para explicar una guerra demasiado grande.
Esto puede haber dejado de ser simplemente
FIFA contra UEFA.
Infantino contra Čeferin.
Infantino contra Montagliani.
Europa contra el resto del mundo.
Puede tratarse de una auténtica lucha
hegemónica por decidir quién controlará la extraordinaria capacidad del fútbol
mundial para producir dinero durante las próximas décadas.
Y aquí aparece una paradoja maravillosa.
A Infantino se le acusa de mercantilizar el
fútbol.
Perfecto.
Hay razones legítimas para cuestionar hasta
dónde pretende llevar ese modelo.
Pero quienes aseguran querer salvar al fútbol
del dinero pertenecen también al ecosistema que concentra las ligas más ricas,
los clubes más valiosos, algunos de los contratos audiovisuales más grandes y
una enorme cantidad de capital privado.
Entonces permítame preguntar:
¿Quieren salvar al fútbol del dinero?
¿O estamos discutiendo realmente...
quién controla ese dinero?
Porque no sería FIFA contra Wall Street.
Podríamos terminar descubriendo algo mucho más
interesante:
capital contra capital.
Dos modelos económicos.
Dos centros de poder.
Dos maneras de explotar el mismo activo.
Y en medio...
el fútbol.
SIGAMOS EL DINERO
Por eso creo que estamos haciendo la pregunta
equivocada si solamente queremos saber quién pretende sacar a Infantino.
La pregunta es:
¿quién se beneficia si cae?
¿Quién pierde si FIFA continúa aumentando su
poder comercial?
¿Quién gana si ese modelo se modifica?
¿Quién administraría los activos?
¿Quién distribuiría el dinero?
¿Quién controlaría las competiciones?
¿Quién tendría acceso al negocio?
Y, sobre todo...
¿Qué FIFA quieren construir después de
Infantino?
Ahí está la verdadera investigación.
Porque si mañana desaparece el hombre pero
después cambia la estructura económica que administra el fútbol mundial,
entonces entenderemos que esta guerra nunca fue solamente contra Gianni
Infantino.
Infantino habría sido...
la primera pieza.
EL ENEMIGO PÚBLICO NÚMERO UNO
Y regresamos al principio.
Tres filtraciones.
Tres supuestas locuras.
Tres golpes.
Capital privado.
Marruecos.
México.
Tres historias diferentes.
Un mismo hombre.
Quizá las tres sean ciertas.
Quizá alguna lo sea.
Quizá existan medias verdades, negociaciones
informales o filtraciones interesadas.
Lo iremos descubriendo.
Pero hay algo que ya merece nuestra atención.
Hace apenas unas semanas Gianni Infantino
podía presentarse ante el mundo como el presidente del Mundial más grande y
económicamente más exitoso de la historia.
Hoy comienza a ser presentado como...
el enemigo público número uno del fútbol.
La transformación ocurrió en semanas.
Y eso, por sí solo, merece ser investigado.
Por eso ya no me interesa únicamente
preguntar:
¿Qué hizo Gianni Infantino?
Quiero saber algo más.
¿Quién está construyendo al enemigo?
¿Quién se beneficia de su caída?
Y, sobre todo...
¿qué pretende cambiar después?
Porque Infantino no es FIFA.
Pero para quienes pretendan cambiar FIFA puede
resultar necesario convencer primero al mundo de que todos sus problemas tienen
un solo nombre:
Gianni Infantino.
Amigo lector:
Para cambiar un sistema...
primero puede ser necesario derrotar al hombre
que lo representa.
Y si detrás de todo esto existe realmente una
lucha hegemónica por el control económico y político del fútbol mundial, la
caída de Infantino no sería el final de esta historia.
Sería apenas el principio.
Por eso, mientras todos observan al acusado,
quizá nosotros debamos comenzar a mirar también...
a los acusadores.
Porque la pregunta verdaderamente incómoda ya
no es solamente qué hizo Gianni Infantino.
Es otra:
¿QUIÉN NECESITA QUE GIANNI INFANTINO SEA EL
ENEMIGO PÚBLICO NÚMERO UNO DEL FÚTBOL?
Ahí puede estar escondida la verdadera
historia.
Mientras tanto, nosotros
Veremos y diremos.
Hasta la próxima.
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