EL MUNDIAL TERMINÓ… ¿QUIÉN GANÓ REALMENTE?

Durante meses nos dijeron que sería el Mundial
más grande de la historia.

Más selecciones.

Más partidos.

Más ciudades.

Más estadios.

Más aficionados.

Más dinero.

Pues bien, amigo lector, el Mundial terminó.

Las luces se apagaron, España levantó la Copa,
los aficionados regresaron a sus países y los hoteles comenzaron a recuperar su
rutina.

Ya no tenemos que hablar en futuro.

Ya no tenemos que imaginarnos lo que podía
ocurrir.

Ahora podemos hacer algo mucho más
interesante:

comparar lo que nos prometieron con lo que
realmente sucedió.

Y mire usted, cuando se revisan los números,
aparece una conclusión difícil de discutir:

La FIFA ganó su Mundial antes de que se
disputara la final.

NOS DIJERON QUE LAS ENTRADAS ERAN DEMASIADO
CARAS

Y lo eran.

Antes del torneo se advertía que seguir a una
selección durante toda la competencia podía exigir cerca de 20 mil dólares
entre entradas, alimentación, alojamiento y transporte. También se cuestionaba
que el nuevo modelo de precios permitiera modificar los valores según la
demanda del partido.

La FIFA evitó llamarlo oficialmente “precio
dinámico”.

Lo presentó como un sistema de precios
variables, ajustados durante las distintas fases de venta según la
disponibilidad y el nivel de demanda.

¿Cambió eso la realidad del aficionado?

Naturalmente que no.

Llámelo precio dinámico, variable, adaptable o
como usted prefiera.

El resultado fue el mismo:

cuanto más deseado era el partido, más caro
resultaba entrar.

En algunos encuentros de la fase inicial, los
boletos disponibles llegaron a comenzar alrededor de los 575 dólares. Para la
final aparecieron precios oficiales y de reventa que alcanzaban varios miles,
mientras ciertas categorías premium llegaron a cifras cercanas a los 32 mil
dólares.

Una verdadera locura.

¿Y qué ocurrió?

¿Los aficionados castigaron los precios?

¿Los estadios quedaron vacíos?

¿El mercado rechazó el modelo?

No.

La asistencia en la fase preliminar rondó el
99.7 por ciento.

Es decir, la FIFA hizo la apuesta más
arriesgada de todas: subir el precio hasta descubrir cuánto estaba dispuesto a
pagar el aficionado.

Y el aficionado pagó.

LA FIFA NO VENDIÓ UN BOLETO

Vendió la posibilidad de decir:

«“Yo estuve allí”.»

Esa diferencia lo explica todo.

Un boleto sirve para ingresar a un estadio.

Pero la FIFA no estaba vendiendo únicamente un
asiento.

Vendía una experiencia irrepetible.

Vendía una fotografía.

Vendía una historia familiar.

Vendía la oportunidad de ver el último Mundial
de algunas figuras.

Vendía el miedo a quedarse fuera.

Y cuando un producto se conecta con las
emociones, amigo lector, el precio deja de depender de cuánto cuesta
producirlo.

Comienza a depender de cuánto desea poseerlo
el consumidor.

La FIFA entendió algo que muchas empresas
tardan décadas en comprender:

El verdadero valor del Mundial no está en el
partido. Está en lo que el aficionado siente que perderá si no asiste.

¿FUE ENTONCES EL MUNDIAL MÁS INCLUSIVO?

Aquí comienza la contradicción.

El torneo fue multitudinario.

Los estadios estuvieron prácticamente llenos.

Las zonas destinadas a los aficionados
reunieron a cientos de miles de personas.

Las ciudades se llenaron de camisetas,
idiomas, banderas y celebraciones.

Pero multitudinario no necesariamente
significa inclusivo.

Un estadio lleno demuestra que existió
suficiente demanda entre quienes podían pagar.

No demuestra que el aficionado promedio
pudiera hacerlo.

FIFA introdujo entradas de 60 dólares para
seguidores de las selecciones clasificadas, incluso para la final. Sin embargo,
esos boletos correspondían a una cantidad limitada administrada por las
asociaciones nacionales.

El gesto existió.

La solución no.

Porque para acompañar a una selección no
bastaba con encontrar una entrada económica.

Había que trasladarse entre ciudades separadas
por miles de kilómetros, pagar hoteles con tarifas elevadas, comprar alimentos
y, en muchos casos, viajar en avión varias veces durante el torneo.

El Mundial fue accesible en la televisión.

En el estadio fue otra historia.

¿GANARON LAS CIUDADES?

Antes del torneo se sostenía que Estados
Unidos, México y Canadá tenían una enorme ventaja frente a sedes anteriores.

Ya contaban con estadios, aeropuertos,
carreteras, hoteles y experiencia en espectáculos masivos. Eso reducía
drásticamente la necesidad de construir infraestructura exclusivamente para el
Mundial.

En principio, la tesis se cumplió.

No vimos el gasto monumental de Qatar ni una
colección de estadios nuevos que después corrieran el riesgo de convertirse en
elefantes blancos.

Además, hubo señales evidentes de actividad
económica.

La demanda estadounidense de combustible para
aviación alcanzó un récord durante la semana de la final, coincidiendo con el
enorme movimiento de pasajeros generado por el torneo.

En Boston, los hoteles mantuvieron una
ocupación cercana al 87 por ciento, pero consiguieron elevar considerablemente
sus tarifas. En días de partido, los ingresos por habitación disponible
aumentaron más de 28 por ciento frente al año anterior.

En México se estimó una actividad económica de
aproximadamente 3,730 millones de dólares, impulsada por turismo, hoteles,
restaurantes y operaciones aeroportuarias.

Hasta aquí, todo parece una fiesta.

Pero espere.

NO TODOS GANARON LO MISMO

En Houston, por ejemplo, hubo mucha gente en
las calles y más de un millón de asistentes en actividades relacionadas con el
torneo.

Sin embargo, algunos comercios reportaron
resultados inferiores a los esperados.

La ocupación hotelera se mantuvo relativamente
estable, aunque los ingresos aumentaron porque las habitaciones fueron más
caras.

El gasto de los visitantes subió, pero no
todos los restaurantes ni todas las empresas sintieron el supuesto milagro
económico.

Ahí aparece una diferencia fundamental.

Un Mundial puede generar enorme movimiento
económico sin que ese dinero se distribuya de manera uniforme.

Ganan los hoteles mejor ubicados.

Ganan las aerolíneas.

Ganan los operadores de transporte.

Ganan determinados restaurantes.

Ganan los patrocinadores.

Ganan quienes tienen acceso a los espacios
donde se concentra el consumo.

Pero el comerciante situado fuera del
recorrido turístico puede ver pasar la fiesta desde lejos.

Mire usted:

una ciudad llena no significa que todos sus
negocios estén llenos.

¿CAMBIÓ EL MUNDIAL LAS ECONOMÍAS DE LOS TRES
PAÍSES?

No de manera significativa.

Y esto también debe decirse.

Antes del torneo, distintos análisis
económicos advertían que el impacto sería intenso, pero localizado y temporal.

Un Mundial puede transformar durante semanas
la actividad de ciertos barrios, aeropuertos, hoteles y restaurantes.

Pero Estados Unidos, México y Canadá poseen
economías demasiado grandes para que unas semanas de fútbol cambien
sustancialmente sus cifras nacionales.

S&P Global estimaba que el efecto sería
modesto en la economía general, aunque visible en turismo y consumo dentro de
las ciudades anfitrionas. Otros análisis advertían que parte del gasto
mundialista simplemente sustituiría al turismo habitual, porque algunos
viajeros comunes evitarían las ciudades debido a los precios y la congestión.

En otras palabras:

El Mundial sí movió dinero.

Muchísimo dinero.

Pero mover dinero no es lo mismo que crear
riqueza permanente.

ENTONCES, ¿QUIÉN GANÓ?

España ganó la Copa.

Los aficionados ganaron recuerdos.

Algunas ciudades ganaron exposición.

Hoteles, aerolíneas, plataformas de venta,
patrocinadores y comercios bien posicionados ganaron clientes.

Pero el ganador económico más claro fue la
FIFA.

¿Por qué?

Porque construyó un modelo donde recibe los
ingresos más valiosos mientras gran parte de los costos urbanos, logísticos y
de seguridad recaen sobre las sedes.

La FIFA vende:

- derechos de televisión;

- patrocinios;

- boletos;

- hospitalidad;

- licencias;

- productos;

- experiencias;

- espacios comerciales.

Los países anfitriones proporcionan:

- seguridad;

- movilidad;

- servicios públicos;

- coordinación;

- infraestructura;

- capacidad hotelera.

Ese desequilibrio ya estaba descrito antes del
torneo: la organización conserva prácticamente todos los grandes ingresos
comerciales, mientras las sedes asumen una parte considerable de las
obligaciones necesarias para celebrar el espectáculo.

Y después de consumido el Mundial, la
estructura no cambió.

Al contrario.

Quedó validada.

LA GRAN LECCIÓN

La FIFA comprobó que todavía no ha encontrado
el límite económico del Mundial.

Subió los precios.

Amplió el torneo.

Aumentó los partidos de 64 a 104.

Extendió la competencia a tres países.

Multiplicó los desplazamientos.

Incrementó la oferta VIP.

Convirtió la entrada en un producto cuyo valor
podía adaptarse a la demanda.

Y aun así llenó prácticamente todos los
estadios.

Eso significa que, desde el punto de vista
empresarial, el modelo funcionó.

El problema es otro.

Cada vez que la FIFA descubre que el
aficionado puede pagar más, el Mundial se aleja un poco más de quien no puede
hacerlo.

El deporte sigue siendo universal.

La experiencia presencial, cada vez menos.

Ahí está la gran contradicción.

El Mundial pertenece emocionalmente a todos.

Pero económicamente comienza a pertenecer
únicamente a quienes pueden comprarlo.

¿FUE UN ÉXITO?

Depende de quién responda.

Para la FIFA, indiscutiblemente.

Para las cadenas de televisión, los
patrocinadores y buena parte de la industria turística, también.

Para las ciudades, el balance fue positivo
pero desigual.

Para el aficionado que logró asistir,
probablemente fue una experiencia inolvidable.

¿Y para quien tuvo que seguirlo desde lejos
porque las entradas, los hoteles y los traslados superaban cualquier
presupuesto razonable?

Para él, el Mundial fue la fiesta más grande
del planeta…

vista desde una pantalla.

Amigo lector, quizá la pregunta ya no sea
cuánto puede crecer comercialmente una Copa del Mundo.

La pregunta correcta es:

¿cuánto más puede encarecerse antes de dejar
de representar a las personas que la hicieron grande?

Porque el balón seguirá rodando.

Los estadios seguirán llenándose.

Los patrocinadores seguirán pagando.

Y la FIFA continuará encontrando nuevas
maneras de monetizar nuestra pasión.

Eso quedó demostrado.

Lo que todavía no sabemos es si llegará un
momento en que el aficionado comprenderá que ya no lo invitan a la fiesta.

Solamente le están vendiendo la entrada.

Mientras tanto, nosotros

VEREMOS Y DIREMOS.

Nosotros, como siempre, seguiremos en línea.

Hasta la próxima.

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