Atlixco abre la Ruta del Mictlán
La iniciativa surgió de un grupo de 20 productores que buscaban atraer visitantes a los viveros y, al mismo tiempo, fortalecer la venta de sus plantas durante una de las temporadas más importantes para el sector.
La propuesta tomó forma con la participación de jóvenes artistas, quienes crearon figuras monumentales para representar los nueve niveles del Mictlán, el camino que, de acuerdo con la tradición mexica, recorrían las almas antes de llegar al descanso eterno.
El recorrido se extiende por aproximadamente 1.5 kilómetros en la periferia de los viveros de Cabrera, desde Viveros Xalpatlaco hasta Flor Natura, e incorpora también espacios de pequeños productores de la zona.
El viaje comienza en Apanohuayan, “el lugar donde se cruzan las aguas”, ubicado en el Vivero Xalpatlaco. En esta primera etapa, el alma debe atravesar un enorme río y puede ser acompañada por un xoloitzcuintle, considerado en la tradición como guía hacia el mundo de los muertos.
La segunda parada es Tepetl Monamicyan, “el lugar donde las montañas se encuentran”. El visitante se enfrenta simbólicamente a dos enormes montañas que se abren y cierran, por lo que debe encontrar el momento adecuado para cruzar.
En Itztepetl, la montaña de obsidiana, el camino se vuelve más peligroso. El alma debe avanzar por un terreno cubierto de piedras y filos que dificultan el paso.
La quinta etapa, Pancuecuetlacayan, representa el lugar donde el agua purifica. El elemento acuático simboliza la limpieza y renovación del alma antes de continuar su viaje.
En Timiminaloayan, sexto nivel, el viajero debe atravesar una zona en la que las flechas y proyectiles llegan desde distintas direcciones.
La séptima etapa, Teyollocualoyan, representa el lugar donde las fieras devoran el corazón. Es una de las pruebas más intensas del recorrido y simboliza el desprendimiento de aquello que todavía mantiene al alma ligada al mundo de los vivos.
El octavo nivel conduce a Itzmictlanapochcaloca, asociado con aguas oscuras y nuevas pruebas antes de llegar al destino final.
Por último aparece Chicunamictlan, el noveno nivel, representado como un lugar de profunda bruma y descanso eterno, donde concluye el viaje.
Las instalaciones permiten a los visitantes recorrer cada una de estas etapas, tomarse fotografías y, al mismo tiempo, conocer los viveros y adquirir las flores y plantas producidas en la zona.
Una tradición que también genera ingresos
La Ruta del Mictlán coincide con el inicio de la temporada de cempasúchil, una de las actividades agrícolas más representativas de Puebla.
La entidad ocupa el primer lugar nacional en producción de esta flor, con alrededor del 72 por ciento de la producción del país. Cuenta con 44 municipios productores y una superficie cultivada de mil 591.7 hectáreas.
Tianguismanalco, Palmar de Bravo, Huejotzingo y Huaquechula son otros de los municipios que participan en la actividad florícola poblana.
Para los viveristas de Cabrera, atraer visitantes representa una oportunidad para que el público conozca directamente el trabajo de estas familias y consuma las plantas que se producen en la comunidad.
Violeta Soberanes, una de las artistas participantes, destacó que el proyecto representa una oportunidad para acercar la cultura mexica a las nuevas generaciones a través del arte.
La viverista Isabel León explicó que la idea nació precisamente con la intención de ofrecer a los visitantes una experiencia adicional a la compra de flores.
“Queremos que nuestros niños y las nuevas generaciones conozcan estas tradiciones, que no mueran y, sobre todo, que puedan vivirlas a través de estas figuras representativas”, señaló.
Por su parte, la secretaria de Agricultura y Desarrollo Rural de Puebla, Ana Laura Altamirano Pérez, destacó que este tipo de proyectos permite vincular la producción agrícola con el turismo y generar nuevas alternativas de comercialización para las familias floricultoras.
Así, entre cempasúchil, cartonería y relatos del mundo mexica, los productores buscan convertir una de las temporadas más importantes para la floricultura en una experiencia que permita atraer visitantes, fortalecer el consumo local y mantener viva una tradición que cada año vuelve a los hogares y altares de Puebla.
